Héctor Huerga | El péndulo de la transición (vol. XXII)
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El péndulo de la transición (vol. XXII)

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Las estadísticas dicen que la mayor parte de las personas que entran a España lo hacen por el aeropuerto internacional Adolfo Suárez, para los locales este siempre ha sido el aeropuerto de Madrid-Barajas. Esta simple diferenciación explica dos hechos muy relacionados con las pasadas elecciones generales en España.

Por un lado, la pacífica transición de España a la democracia se ha exaltado como un modelo a emular para las naciones de todo el mundo. Tras la muerte de Franco en 1975, el ex-rey Juan Carlos transformó el régimen autoritario en lo que parecía el inicio de una democracia europea. En aquel entonces, el nuevo parlamento español parecía la estantería de un supermercado de pueblo, tenía todo lo necesario para subsistir: un partido de derechas, otro de izquierdas, uno de centro y el partido comunista. El heredero de Franco, el ex-rey Juan Carlos, logró cooptar a los líderes de la oposición Adolfo Suárez, centro, (ahora entendéis el gesto de poner su nombre al aeropuerto de Madrid) y Santiago Carrillo, comunista. En aquel momento había que tener “sentido de estado” e ir “todos a una por la democracia,” a pesar de que desde la moderna Europa se recomendaba empezar por los cimientos, es decir, realizar primero un referéndum sobre monarquía o república, y luego la Constitución. Sobra decir que aquí de lo que se trataba era silenciar el mensaje de Europa y tirar pa’lante con el cortijo del 78. Una nueva constitución fue redactada en lo oscurito y fue votada (sin ser leída) a través de un referéndum en 1978 donde la gente tenía dos opciones: sí o no. Esa misma constitución sigue vigente hoy día y me atrevería a decir que desde entonces en España la mayoría sigue votando como en 1978: sí o no. Esta aseveración explica que desde la transición nunca ha ganado un partido político en España que no fuese esa derecha o esa izquierda que nos impusieron en las estanterías del súper. A pesar de que últimamente han llegado nuevos (sic) productos políticos de origen local e internacional.

Esta pacífica transición ha venido haciendo aguas a medida que se han ido desvelando secretos de estado. Añadiría que, a medida que Internet ha ido madurando en nuestras vidas, y las redes sociales han servido como semáforos de la actualidad: esto pasa versus esto no pasa. Pero os preguntaréis ¿por dónde se ha ido rompiendo la Constitución? En parte, por su incumplimiento, y en parte, por sus modificaciones para seguir incumpliéndola.

Y es en esta proliferación de adendas a la Constitución del 78 donde habría que destacar dos corrientes devastadoras: la territorial y la económica. Si bien la ley de 1978 otorgó a las regiones poderes más amplios de los que existían, incluido un gobierno autonómico, una fuerza de policía estatal y el reconocimiento de las lenguas propias, la misma constitución también ha impedido el derecho de las minorías a la autodeterminación. Esto es, ha mantenido una camisa de fuerza sobre la decisión de los ciudadanos sobre las políticas locales. Es cierto que no todas las decisiones se toman en Madrid, pero si es cierto que en su esencia, España sigue siendo una monarquía centralizadora. De ahí surgen las diferencias con Euskadi, Canarias, Catalunya… etc. La otra corriente devastadora del régimen del 78 es la modificación de la Constitución para incluir la deuda privada de los bancos como deuda pública, es decir, de un día para otro, el cortijo del 78 nos pasó a la ciudadanía la factura de 60 mil millones de euros de los bancos. Lo que hizo saltar las movilizaciones sociales del 2011. Plazas tomadas, manifestaciones multitudinarias, autorganización ciudadana… etc.

Desde el parteaguas social de 2011, la conformación parlamentaria se ha ido fragmentando hasta el punto de que ya no hay una estantería de supermercado de pueblo en el Congreso español, sino una suerte de minorías absolutas donde cada elección que pasa se parecen más a la tecnología de la obsolescencia programada, es decir, a medida que pasan elecciones los nuevos productos políticos se van pareciendo más a sus antecesores.

De todas es sabido que en estas últimas elecciones generales, las que se celebraron el domingo pasado, el voto mayoritario volvió a recaer en la vieja izquierda, por llamarla de alguna manera. La misma izquierda decrépita que modificó la Constitución para endeudarnos. La izquierda de toda la vida, vaya, como aquí conocemos al aeropuerto de Madrid-Barajas, que por mucho que hayan intentado cambiarle el nombre, al PSOE le seguiremos llamando izquierda y al aeropuerto de Madrid, Barajas. En esta ocasión, se votó por el conservadurismo amable, el que nos ha vendido a Europa pero también el que nos ha evitado las estridencias de la ultraderecha.

¿Qué nos espera? Todo pende de un hilo porque aún no están definidos los pactos, que es el modus operandi de la nueva segmentación parlamentaria, ni se definirán hasta finales de mayo o principios de junio, porque antes tendrán que volver a a hacer campaña todos los partidos políticos de cara a las elecciones municipales y europeas. Hasta ese momento, los partidos de izquierda serán más de izquierda, los de derecha serán más de centro que nunca, y la ultraderecha… a seguir ladrando. Mientras tanto, tendremos cada día una nueva recomendación de la élite empresarial para que haya un gobierno “estable,” esto es, que la izquierda decadente tenga “sentido de estado” y forme un gobierno “de garantías” que priorice “el bienestar” de todos los españoles. ¿Por qué se meten los empresarios donde no les han votado? Porque los estados hoy día son corporaciones que funcionan como cualquier empresa: tienen que ser competitivos, han de tener las cuentas saneadas, y se les recomienda situarse en la economía global a través de su producto estrella. En todo este entramado supra-estatal nos situamos los votantes, que como ciudadanos con “pleno derecho” estamos forzados a contribuir a esta gran corporación.

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